Ha llegado la segunda entrega de entradas invitadas. Esta entrada ha sido redactada por Erik Rodríguez (Norueguen), biólogo por la Universidad Autónoma de Madrid y Máster en Biología de la conservación por la Universidad Complutense. En la actualidad trabaja en insectos predadadores de frutos de sabina y sus parasitoides para la escuela universitaria de ingenierias agrarias en Soria, Universidad de Valladolid.
Os dejo con su texto:
“Por muchos años ha sido reconocido que el más grande de los factores en prevenir que los insectos dominen al resto del mundo, es la guerra interna que realizan entre sí. Los insectos entomófagos generalmente pasan desapercibidos y su ausencia rara vez es notada hasta que su eliminación por los factores adversos climáticos o por las aplicaciones masivas de insectida permiten a la especie hospedadora incrementarse rápidamente hasta el máximo de su potencial biótico. Ejemplos de esta clase se han ido incrementando por el uso inadecuado de los altamente tóxicos y persistentes insecticidas orgánicos y casos muy conocidos incluyen los brotes de arañas rojas (Tetranychidae) después de aplicaciones de DDT, Dieldrin, Sevin, etc., y de la escama algodonosa Icerya purchasi después de aplicaciones de DDT y Malation”.
Con estas palabras reflexionaba sobre el uso de insectidas y describía la importancia de los insectos como controladores de plagas Robert L. Metcalf en 1959, entómologo pionero en la investigación y denuncia del abuso de insecticidas. No es en absoluto exagerado el poder que se concede a los insectos (y por ende al resto de organismos) como controladores de plagas. Este es el tema que nos ocupa hoy: el control biológico de las plagas, que veremos superficialmente ya que ahondar en ello se haría demasiado largo y tedioso.